Es como sentarse a esperar, pero sin morirse de pena [ficción]

Domingo por la tarde y las nubes pesan tanto. He decidido esperar. Me siento nada más que para hacerlo, pero no me olvido del rito. Acerco mi silla hasta la ventana, la misma desde la cual tú y yo viéramos calles naranjas y coches plateados, trenzándonos dos besos luminosos; el pasado siempre es dulce en la memoria, o casi siempre. Ya no importa.

Enciendo un cigarrillo y hago como que leo pero en realidad me pregunto cómo ha sido tu vida desde que te fuiste. Las mismas líneas palpitan en la retina, un verso se me escapa… “Verde que te quiero verde. Verde viento. Verde alma. Ella sigue en su baranda,verde carne, pelo verde, soñando en la mar amarga”. La tarde pasa ligera y hay un olor a ámbar atravesando el cristal, “¿No ves la herida que tengo desde el pecho a la garganta?”. A veces ni para soñar me alcanza. Pero un domingo a solas puede vaciarme todas las tristezas, o al menos las más evidentes.

Yo he escogido siempre… te escogí a tí, y luego escogí dejarte (digamos que no me diste alternativa) pero aún me gusta probarme los mejores vestidos y salir a caminar sin abrigo, para sentir que lo hago con soltura. Lo que pasa aquí dentro, sí… aquí, justo donde tengo mis manos nerviosas, es un acertijo incierto, que tantos domingos salados no me han dejado resolver.
Apenas tus ojos conocían la respuesta. Y qué más da. Prefiero los míos, embriagados de la contaminación del mundo, pero seguros ya en sus actos. No hay nada que cambiar. La poesía miente. Yo miento, la gente miente y tú… tú apenas sirves como escapista.