Una mujer

Quedó con esa mueca impasible desde que él levantara sus pupilas para palparla, fulminante. Y fue tan eléctrico el golpe sobre sus sienes, que le imantó cada cristal del ojo blando. No tuvo para sus días una imagen distinta a la de ese hombre, que al cabo de dos minutos sin advertirle un movimiento, resolviera caminar por la vereda del frente.

Sin embargo, el gesto de su mujer granate le siguió el aliento y los treinta y siete pasos que alcanzó a dar, no le valieron ante el pretexto de volver a buscarle. Y así fue como quedó anudado a su asombro de tiempo completo, y tan conmovido por el rostro escarlata, que le faltaron años para decidir enamorarse de nuevo.