Exhibión perturbada

Pierre Molinier fue un pintor y fotógrafo nacido el 13 de abril de 1900 en Agen, Francia. Sus fotografías, especialmente, los autorretratos y fotomontajes realizados en los últimos quince años de su vida y recogidas, muchas de ellas, en su libro Cien Fotografías Eróticas, muestran una decoración monótona y repetitiva donde las mismas fantasías son convocadas obsesivamente: la angustia de una identidad troceada, la fragmentación del propio cuerpo, la irremediable ligazón del dolor al placer, el incesante fetichismo y travestismo narcisista. El acto fotográfico supondrá para Molinier la única posibilidad de acceder al otro cuerpo. El fotomontaje le permitirá alcanzar ese cuerpo imposible que la sociedad prohibe. Su vida se nos aparece como la incesante búsqueda – sin ningún tipo de moral – de la frontera evanescente donde se yuxtaponen en una proximidad improbable y provocadora los diferentes sexos; ese lugar hecho de luz y sombras, ambiguo y confuso donde el deseo se confunde con la angustia y el goce con el sufrimiento. Estaba obsesionado con la androginia, y solía autorretratarse vestido de mujer.

Durante algún tiempo perteneció al grupo surrealista de André Breton, llegando a exponer sus pinturas en París. Pero su obsesión por el sexo y especialmente la creación del cuadro Oh!… Marie, Mere de Dieu (¡Oh!… María, Madre de Dios) le valieron el rechazo de Bretón, por lo que Molinier terminaría trabajando de espaldas a este movimiento artístico. El escandaloso lienzo fue creado en 1965, y muestra a un Cristo hermafrodita crucificado, envuelto en medias de malla, al que María le practica una felación.

En 1970, escribió a su modelo Hanel Koeck: Si se me crucificara, querría que se me hiciera lo que se le hace a mi Cristo. Y me gustaría tener un consolador en el ojo del culo, por ejemplo. Y a continuación, ser chupado. Entonces el sufrimiento se transformaría en voluptuosidad.

Si en los años sesenta y setenta el mundo del arte se vio inundado por un conjunto de artistas que -mediante el Body Art y las Performances – iban a utilizar su propio cuerpo como objeto artístico y medio ideológico para cuestionar las representaciones corporales y sexuales del momento, muy pocos irán tan lejos en su búsqueda como Pierre Molinier. Este pasará sus últimos años confinado y solo en un claustrofóbico, decadente y sucio apartamento del viejo Burdeos. Aquel espacio será su universo y su microcosmos, lugar sagrado y obsceno donde comerá, trabajará (es el mismo artista quien construye o transforma todos sus objetos) y dormirá rodeado de pistolas, maniquís, libros, pinturas, muñecas, cuchillos, botas, medias, ropa negra: fetiches y accesorios que le acompañarán hasta el día de su suicidio (el 3 de Marzo de 1976). Una angustiante atmósfera que le permitirá el retiro del mundo real al suyo interior, un espacio inviolado donde poder dar lugar a todo el desarrollo de su psique.

Será allí donde encontrarán su cuerpo al cual, y como último acto de profunda autonomía, le había quitado la vida y donado a la ciencia para fines anatómicos. Su suicidio no fue un acto de alguien desesperado ni obcecado, sino, al contrario, un acto voluntario y lúcido. Molinier preparó el arma (una pistola que siempre tenía debajo del cojín), escogió la posición (acostado frente al gran espejo), y las máscaras y las ropas para la ocasión (como si de otro fotomontaje más se tratara). No hubo precipitación ni miedo, no dejó trazos de violencia ni de sangre (tan sólo unas pocas gotas sobre la oreja), la muerte era un acto más, una trivialidad ante la cual hay que guardar una cierta distancia y frialdad. El último acto narcisista. La muerte de Molinier fue un trabajo de precisión e inocencia, ejecutada con la intensidad y la seriedad de un juego de niños. Molinier construyó su muerte y la camufló como si fuera una “obra de arte”. Su sonrisa fue un signo irrefutable: fue el perverso brillo de la infancia. Era una muerte anunciada.


La relación con la muerte aparece en su vida con cierta insistencia. Dos experiencias van a marcar de modo muy importante su vida cotidiana: la primera, fue la muerte de su hermana mayor cuando él tenía quince años y el recuerdo de la última noche que pasó con ella: Me quedé velándola toda la noche, solo, me acosté con ella y la follé allí, en la cama. No la penetré, la follé entre sus muslos (…). Desde su muerte, decidí vivir como vivo todavía hoy. En una habitación …, sí … en una habitación …sin casi nunca salir de ella; la segunda, ocurrió durante los años cincuenta al expresar, insistentemente, tal deseo de morir que llegó incluso a construir (y a fotografiarse acostado con ella) una cruz (de las que se ponen en los cementerios) con una inscripción y epitafio que decía: Aquí yace Pierre Molinier, nacido el 13 de Abril de 1900, muerto hacia 1950. Fue un hombre sin moralidad. Inútil llorar por él. La muerte y el sexo aparecen tan unidos en su vida y trabajo que al observarlo no podemos menos que recordar el testamento literario del Marqués de Sade.

En esta web puedes leer frases de este personaje

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