Gritos

Lo cierto es que no sé cómo he encontrado esto o cómo he llegado a esta página, pero lo quiero compartir con vosotros: 

Porque no todos somos iguales, sino que cada uno tiene sus deseos, miedos y secretos. Mostramos aquello que queremos. Pero cuando estamos solos, únicamente cuando estamos solos con nosotros mismos, es cuando somos auténticos; cuando salen nuestros miedos a flor de piel, cuando nos volvemos vulnerables.

Sentimos la opresión y nos recorre con gran intensidad… Demasiado silencio, y necesitamos gritar, gritos individuales, particulares, que expresan la rabia y la impotencia de cada individuo.

Pero aparecen otros miedos y otras formas de opresión que nos hacen formar un colectivo, muchos gritos que se unen y se mezclan para formar uno solo que va apoderándose y cogiendo fuerza. Un grito social reivindicando, tratando de hacerse oír.

 Mónica Belmar

Fotografía de  myhhy (kaja) – DeviantArt

El susurro constante

Había relojes de bolsillo incrustados de pedrería, vulgares despertadores de hojalata, relojes de arena, carillones con figuritas de bailarines encima, relojes de sol, relojes de madera, de piedra, de cristal y relojes impulsados por un salto de agua cantarín. De las paredes colgaban toda clase de relojes de cuco y otros con pesas y péndulos, algunos de los cuales oscilaban lenta y majestuosamente y otros que bailaban agitados de un lado a otro. A la altura del primer piso había, por toda la sala, una galería, a la que conducía una escalera de caracol. Más arriba, otra galería, encima otra y otra. Y en todos lados había relojes. Relojes mundiales en forma de globo terráqueo, que indicaban la hora de todos los puntos de la Tierra, y planetarios, grandes y pequeños, con el sol, la luna y las estrellas. En el centro de la sala se alzaba todo un bosque de relojes de pie.
Continuamente estaba sonando la hora en uno u otro reloj, porque cada reloj marcaba una hora diferente.
Pero no era un ruido desagradable, sino un susurro constante, como en un bosque, en verano.

-Momo

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